lunes, 27 de abril de 2009

Inevitablemente ocurre...

Una luz en tu ventana asoma la mañana en tu piel y hace resplandecer los delicados rasgos de tu rostro. Se pasea por los contornos de una sábana blanca y fría, cuya compañia quizás algún día volverá, con la esperanza de retomar viejos caminos y sanar viejas heridas que quedaron sin saldar.
Una brisa suave te acaricia recordando aquellos momentos en los cuales tanta dicha sentiste, recorría a traves del tiempo las memoria de un sentimiento perdido y familiar en tu mente, sus caricias eran como olas que iban y venían en un inmeso mar de vivencias en aquellos prados, deleitados por la magnificencia de la naturaleza y del amor mutuo profesado en cada una de las palabras que salían a través de la boca de aquellos amantes. Añorando esos momentos, paseas por la idea de retomar un pasado que trajo tanta alegría y satisfacción a tu vida. Despiertas con la mirada fija en la ventana de tu cuarto, la cual aún conserva el esplendor del alba y encuentras en ella un mundo lleno de posibilidades y virtudes. Deseando que pueda aparecer aquella persona, tus pómulos se sonrojan al recordar una a una las palabras de aquel joven enamorado, cuya voz era la melodía que acompañaba tus mañanas y  llenaba de luz aquellas noches inhospitas.
En otro lado del mundo, está él. Sumido en la sombra de la soledad y con el pensamiento perdido en lo que fue algún una vez y no será mañana. Asombrado ante la esperanza de compartir una vez más el nectar de tus labios y de sentir tu piel, trasladado en las montañas de la cordillera más alta y perdido en lo profundo de sus rincones, se desplaza en medio de incertidubre, sin un rumbo fijo, con la idea de algún día encontrarte. "¿Cómo decirle al sol que no se vaya durante el ocaso?" se preguntaba mientras, con un corazón roto por las desventuras que su mente había causado, vagaba entre la tupida maleza, quizás para comprender y entender lo torpe que había sido. 

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